Entrevista
Un maestro que encontró la paz a través del taekwondo
El profesor Juan Ariel Quiñones, a sus 47 años, es una figura inusual en el mundo del taekwondo. Originario de Frontera, pasó de pelear en la calle a formar campeones nacionales e internacionales. Sin embargo, ha mantenido siempre un perfil bajo. "Yo vivo de mi trabajo, no de la academia", suele decir. Esta es su historia, marcada por la disciplina, la superación y la humildad.
Juan Ariel Quiñones se define a sí mismo como "carpintero, tapicero y un poco de todo". Aunque su trayectoria profesional incluye ser técnico en electrónica, trabajar en peluquería y la albañilería, es en las artes marciales donde encontró su verdadera vocación. Su primer acercamiento a este mundo se dio de forma inesperada: "Peleaba mucho en la calle, sobre todo en el colegio. Hasta que un día me agarraron entre tres y quedé mal, medio depresivo", recuerda. Fue entonces cuando una película de Bruce Lee encendió en él una chispa que lo llevaría a dedicarse al taekwondo.
A los 15 años, Juan empezó a practicar karate, aunque no tardó en cambiar de disciplina. "El instructor era muy violento, y yo no quería eso. Me fui a Kung Fu, después probé algo de judo y finalmente encontré el Taekwondo WTF. Pero el taekwondo que yo practico es de Corea del Norte", aclara. A lo largo de 24 años, ha perfeccionado esta técnica, destacándose por su enfoque en las técnicas de piernas: "Lo más espectacular del taekwondo son las patadas, las técnicas con salto, 360, 540... Por eso en el UFC muchos incorporan taekwondo, porque son técnicas muy potentes".
El camino de Juan como maestro comenzó casi por accidente, cuando decidió cuestionar los métodos de su propio instructor. "Yo tenía una idea diferente del sistema de combate, y cuando se la propuse, él me dijo: 'Bruce Lee murió, no inventes nada'. Pero yo estaba convencido de que se podía mejorar", relata. Esa convicción lo llevó a entrenar a su hermano menor, que en su primer torneo ganó la categoría. "Ahí supe que tenía razón, y que enseñar era lo mío", dice, con una mezcla de orgullo y modestia.
Desde entonces, su academia Kyoken ha sido cuna de más de 40 campeones nacionales y más de 20 campeones panamericanos. Sin embargo, Juan nunca ha buscado el reconocimiento público. "No muchos saben de mí, no muchos saben de mis logros porque nunca hice notas. Yo siempre fui de perfil bajo", confiesa. En su carrera, la humildad ha sido un principio fundamental, un valor que intenta transmitir a cada uno de sus alumnos.
Una filosofía de vida
Para Juan, el arte marcial es mucho más que la técnica: es una filosofía de vida que transforma al practicante. "Entré al taekwondo para defenderme y pelear, y al final nunca más peleé en la calle. El arte marcial te da autocontrol, te enseña disciplina y te hace distinguir lo correcto de lo incorrecto", reflexiona. Gracias a esta disciplina, ha sabido evitar los conflictos: "Cuando sé que hay un problema en algún lugar, me voy. Si uno se queda, es porque le gusta el problema".
Su pasión por el taekwondo lo ha llevado a conocer gran parte del país, desde Jujuy hasta Buenos Aires, aunque aún tiene pendiente visitar el sur argentino. "Gracias al taekwondo conocí toda Argentina, solo me falta Chubut y Santa Cruz", comenta con satisfacción. A nivel internacional, aunque ha tenido que delegar viajes a competiciones debido a problemas personales, su academia ha mantenido el nivel: "Envié a dos alumnos a un torneo en Perú y volvieron campeones panamericanos".
Detrás de su carácter tranquilo y su compromiso con el trabajo, Juan Quiñones es un maestro que ha sabido combinar la tradición del taekwondo con una mirada crítica y creativa. "La diferencia en mi forma de enseñar es que el combate no es lineal, se trabaja en círculos para cortar la línea de ataque del oponente", explica. Esta innovación le ha permitido formar generaciones de campeones y, al mismo tiempo, encontrar en la enseñanza un propósito que va más allá de la competencia.
Aunque la fama y el reconocimiento no han sido sus metas, Juan sabe que su legado ha dejado una marca en cada alumno que ha pasado por Kyoken. "Lo importante es que uno va por el buen camino", concluye, con la seguridad de alguien que encontró en las artes marciales una forma de vida, y que la transmite a quienes tienen la suerte de aprender de él.