Baby Fútbol
Los lugares en los que jugué, ya no existen
Esta edición del Nacional será la última del club General Savio en su actual cancha sobre avenida Rosario de Santa Fe. Una nueva mudanza de una canchita de baby fútbol vuelve a reflotar como las instituciones de fútbol infantil pierden su pertenencia barrial y cuanto sufren el desarraigo al no tener un terreno propio.
Por Manuel Ruiz
Nunca en mi vida hice un pozo en el suelo lo suficientemente profundo como para que entre un poste con la altura precisa para poder levantar un cerco perimetral. Tampoco tuve que desarmar tablón por tablón una tribuna o levantar desde cero una cantina. Mucho menos me subí a cuatro o cinco metros del nivel del suelo para soldar el tejido de un parapelotas.
Cuando jugaba en el baby, los padres de la comisión directiva, lo hacían. Un domingo, cuando la mayoría tenía descanso de su trabajo, iban al club y se ponían a trabajar para que la canchita este más linda, más segura. Nosotros pateábamos en una de las canchas de entrenamiento. Tapados de tierra.
Los padres, eventuales dirigentes, de General Savio tendrán que hacer eso en muy poco tiempo. En la que será su segunda mudanza en 20 años, en lo que queda del año tendrán que remover lo que puedan de sus actuales instalaciones sobre avenida Rosario de Santa Fe y armar todo de nuevo doscientos metros más atrás, en un terreno que les donaron.
Savio durante la década del 90, cuando yo jugué, tenía su cancha donde ahora está la escuela 315, sobre el terreno de la plaza, en José Hernández y Chaco en barrio Cottolengo. Con la construcción del establecimiento educativo se mudó un par de cuadras más atrás, a unas tierras que por entonces le donaron, sobre Rosario de Santa Fe. Ahora el dueño de las tierras se las volvió a pedir para usufructuarlas, y Savio deberá volverse a ir.
En los 90, vuelvo, el barrio Cottolengo tenía dos equipos, casi a la vuelta. El Club Atlético Don Orione, en las instalaciones del Cottolengo (para nosotros los que jugábamos el “Coto”) y Savio. Ahora no hay minguo. El “Coto” incluso, cambio el nombre. Ahora es Deportivo Oeste.
De los 16 clubes de la Liga de Baby Fútbol originarios de San Francisco y Frontera todos han tenido que desalambrar para volver hacerlo, por lo menos alguna vez en su historia, en otro lado de donde empezaron a jugar.
Tiro y Gimnasia se llamaba Defensores de Sportivo. Y el traslado no fue tan grave como el cambio de nombre y de colores: cruzo la calle unos metros, en diagonal, sobre avenida Primeros Colonizadores.
Uno de los que más recuerdo es la del club Los Andes, que de su cancha en la esquina de avenida Caseros y avenida 9 de Septiembre, se fue a la otra punta de la ciudad, en 9 de Septiembre e Ingenieros sobre los terrenos del ferrocarril Belgrano. Ese terreno estuvo inutilizado por decenas de años, Decenas, quizás dos.
Los Albos, se mudó. Tarzanito, se mudó, Estrella, se mudó. River, Sebastián, Xeneize, Cabrera, también.
Quizás uno de los más resonantes de los últimos tiempos, fue el de Barrio Jardín. El club con nombre de barrio debió dejar su fundacional e histórica canchita en Lavalle y 9 de Septiembre para trasladarse al predio de La Bancaria, en Libertador Sur y Antártida Argentina.
El terreno, la ex cancha de Barrio, propiedad de la Cooperadora del IPET n° 64 Emilio F. Olmos, está ahí, casi siempre sucio, sin mantenimiento: uno de los minibsarales que más trabajo le generan a la Secretaria de Servicios Públicos. Iba a ser un polidpeortivo. No es nada. Era, un club que a diario recibía a casi 90 chicos. Ahora quedan las ruinas del viejo salón, los vestuarios y las paredes exteriores en azul y blanco como fragmentos de una memoria colectiva construida siempre con una pelota de por medio.
En su momento, cuando llegó la hora del desalojo, a Barrio Jardín le ofrecieron establecerse en la esquina de Echeverría y 9 de septiembre, sobre los terrenos del ferrocarril, donde también están Los Andes y Los Albos. En esa esquina cinco años después el ferrocarril levantó un galpón de acopio de alfalfa. Barrio se hubiese tenido que mudar dos veces en menos de 10 años.
Hay dos casos que son la excepción. En el suroeste de la ciudad. Uno es 2 de Abril, que también se mudó pero siempre se quedó dentro de su barrio, Roque Saénz Peña, las “800” y el más paradigmático de todos es del Club Atlético Belgrano, que fue y es el club de barrio 9 de Septiembre.
Belgrano nunca se tuvo que ir. Y se nota. Basta con que llegué enero. Y empiece el Nacional. No importa si la categoría de ese año tiene chances de algo o no. Ahí además de los eventuales, vuelven con cariño y amor todos los que alguna vez se vistieron de verde y amarillo. Pero también los que habítan ese sector de la ciudad para llenar una canchita que del otro lado tiene la plaza y que tiene la sede y cantina del otro lado de la calle Catamarca.
Hablamos de pertenencia territorial. Hablamos de patrimonio emocional. Hablamos de días, meses y años enteros en un lugar, que, en un rato, deja de existir.
Una idea
Empieza con tres preguntas ¿y si como ciudad le garantizamos a cada una de las instituciones de baby fútbol que nunca más van a tener que irse de dónde están? ¿Si le garantizamos legalmente que esas tierras donde se hace el fútbol nuestro será para siempre de ellos? ¿Si le aseguramos que nunca más se moverán de donde están a pesar de los vaivenes de herederos y dueños de tierras?
Podríamos exigirles más compromiso con el territorio, una conexión más cercana con el centro vecinal en cuestión, que amplíen sus funciones y sean un espacio más social. Es siempre debatible.
Podrían proyectar mejores instalaciones, podrían proyectar más estabilidad económica. Podrían
Durante este Nacional se movilizaron 520 chicos. Más familiares, amigos y público en general. Basta ver cada una de las sedes, para saber lo que genera el baby en esta ciudad, aún en el medio de una nueva ola de calor.
Durante el año, el baby mueve mil chicos por fin de semana. Lo hace sostenido en el tiempo desde hace más de 50 años.
Cuidar al baby, entiendo, es cuidar a los clubes. Sus espacios. En tiempos donde las instituciones intermedias tienen cada vez más peso sobre la educación de niños y adolescentes, pensar el baby que tenemos es siempre necesario. Para eso, primero, sería importante asegurar la tierra propia desde donde hacer germinar mejores clubes.
Dicen los que dicen que no hay nada más triste que un estadio vacío. Dicen otros que, hay pocas cosas más tristes que una canchita de fútbol que deja de serlo, porque ahí pierde por goleada la identidad y ¿qué somos sin identidad?