Cultura
La omisión de la familia Coleman: la vida sube a escena
Es una obra intensa y muy privada, que interpela; demasiado realista pero con lugar para el humor. Una joyita del teatro local.
Por Cecilia Castagno | LVSJ
Luego de consagrarse con el Premio Carlos a la Mejor Comedia Dramática en Villa Carlos Paz, la obra La omisión de la familia Coleman, en su versión dirigida por Adrián Vocos, llegó al Teatrillo de San Francisco, donde generó una gran conmoción en la audiencia. La pieza, que combina humor y drama de manera sobresaliente, se ha convertido en una de las experiencias más destacadas desde la reapertura de este emblemático espacio.
La obra de Claudio Tolcachir aborda un tema tan complejo como la disfuncionalidad familiar, con un enfoque tan realista como doloroso, pero que, sin embargo, nunca pierde el lugar para la ironía. Los personajes de los Coleman, por momentos absurdos y tan humanos, nos invitan a reflexionar sobre nuestras propias familias y las realidades que, aunque difíciles de aceptar, nos resultan tan cercanas.
Desde mi butaca de espectadora, no pude evitar sentir que los personajes se parecían tanto a personas reales, a situaciones que tal vez todos hemos vivido o que, al menos, reconocemos en nuestra cotidianidad. Es una obra que no juzga, pero que interpela con una mirada directa a las realidades de muchos, a esas que preferimos ignorar o pasar por alto hasta que explotan. La obra transmite la angustia, el abandono y la alienación de una familia atrapada en su propia espiral de desamor. Los Coleman viven en una casa que es un reflejo de su propia vida: pequeña, deteriorada y llena de recuerdos rotos.
El talento de los actores es otro de los puntos fuertes de la obra. A muchos de ellos ya los había visto en otras producciones de La Comedia San Francisco, pero esta vez noté un crecimiento notable en cada uno de ellos. Los personajes se apoderan del escenario con una energía frenética, no sólo en sus movimientos, sino también en sus voces, sus gritos, sus silencios. La química entre ellos es palpable, y se nota que trabajaron de manera conjunta para construir un universo propio, tan dinámico como verídico.
Silvia Seghezzi, quien interpreta a la abuela, es uno de los grandes pilares de la obra. Su personaje es víctima del mismo olvido que amenaza con desintegrar todo lo que queda de esa unidad familiar. La tensión se intensifica cuando ella enferma y se convierte en una carga, un reflejo claro de la indolencia y el egoísmo que marcan a la familia.
Stefani Curró da vida a Memé. Su personaje, una mujer irresponsable y egoísta, es capaz de hacer que el público se ría de temas tan dolorosos como la desidia, la falta de madurez y la negación de las responsabilidades. La habilidad de Curró para transformar a Memé en un personaje tan cómico como desgarrador demuestra la profundidad de su interpretación.
Los otros miembros del elenco también brindan actuaciones destacadas. Milagros Nieva es una joven que oculta su sufrimiento bajo una fachada de trabajo constante. Gonzalo Paviolo, por su parte, ofrece una interpretación intensa y caótica, representando al hijo más marginado de la familia. Jeremías Tetamanzi y Luz Lescano, aunque siempre al borde de la explosión, logran mantener la tensión sin caer en la exageración. Finalmente, Luca Roteda y Gastón Giordano dan vida a personajes más empáticos, que muestran un rayo de esperanza en medio de tanto dolor.
La puesta en escena, aunque sencilla, es eficaz. La obra se desarrolla principalmente en dos espacios: la casa de la abuela y la habitación de un hospital. A pesar de la falta de adornos, el ritmo de la obra es vertiginoso, con escenas cargadas de energía, discusiones acaloradas y momentos de tensión. Cada palabra, cada gesto, tiene un peso que resuena más allá del escenario.
El final de “La omisión…” es un golpe de realidad, un “cachetazo” que deja al público pensando, reflexionando sobre lo que acaba de presenciar. Es imposible no verse reflejado en los conflictos y emociones de los personajes, por más disfuncionales que sean. La obra logra captar la esencia de lo que significa vivir en una familia, o más allá, en una sociedad, con todo lo que eso implica: amor, sacrificio, abandono, egoísmo y, sobre todo, una constante lucha por sobrevivir.
Al salir del teatro, me encontré pensando que La omisión de la familia Coleman me había tocado profundamente. Como espectadora, pude ver más allá de la representación actoral. Es una obra que deja una huella, que hace pensar y cuestionar nuestras propias realidades.