Análisis
La política frente a la naturaleza devastadora
Ante tragedias como la de Bahía Blanca, ojalá los dirigentes políticos comprendan que no se trata de optar por más o menos Estado, ni de derechas o izquierdas.
“Hoy, Bahía Blanca es una ciudad herida que intentará seguir adelante. El miedo ya no es solo a la tormenta, sino a lo que quedará en pie cuando todo esto termine. A la incertidumbre, a la desolación. Dicen que el tiempo todo lo cura. Pero acá, en esta parte del mundo, el tiempo también asusta. Nadie sabe si la próxima alerta será solo un aviso... o la antesala de otra tragedia. Desde ahora, las familias revisarán desagües y reforzarán techos. Pero también planificarán rutas de evacuación, establecerán puntos de encuentro y prepararán mochilas con documentos esenciales. Como en tiempos de guerra, pero con un enemigo que cada vez se hace más fuerte, es impredecible en muchos casos y te ataca por la espalda”.
Así expresaba su sentir una periodista del diario La Nueva Provincia al describir la catástrofe que golpeó recientemente a la ciudad de Bahía Blanca, en el sur de la provincia de Buenos Aires. Mientras se actualizaba el número de víctimas fatales, cientos de campañas solidarias se multiplicaban en todo el país con el fin de aliviar el sufrimiento provocado por un fenómeno meteorológico tan inusual como devastador. Al mismo tiempo, comenzaron a circular diversas explicaciones sobre las causas del desastre.
La magnitud del fenómeno obligó a que, tal vez por primera vez, las profundas diferencias entre el gobierno nacional y el provincial quedaran momentáneamente relegadas. Aunque de forma limitada, se logró superar, solo por algunas horas, la grieta ideológica que habitualmente bloquea cualquier intento de mejorar la calidad de vida de la población. Funcionarios de ambas jurisdicciones acordaron trabajar en conjunto para atender la emergencia que enfrentan los bahienses. Sin embargo, ciertas prácticas políticas persistieron: la comunicación oficial mantuvo sesgos y continuaron los reproches mutuos. Lamentablemente, siempre hay quienes buscan sacar rédito político incluso en medio de la desgracia, aprovechando el dolor ajeno para hacer valer sus intereses, aun cuando miles de personas atraviesan una tragedia cuyas secuelas perdurarán por años.
En este contexto, surgen múltiples interrogantes. Son muchos los “porqués” que interpelan prácticas, decisiones y formas de planificación –si es que existen–. ¿Por qué hay que esperar a que ocurra una tragedia para coordinar acciones conjuntas? ¿Por qué la ideología se impone sobre la prevención más básica? ¿Por qué siempre actuamos a posteriori, en lugar de anticiparnos, considerando la evidencia del cambio climático que aún algunos se niegan a aceptar? ¿Por qué la responsabilidad siempre se atribuye al otro?
Si algo queda en pie tras la catástrofe que azotó a Bahía Blanca, es la certeza de que solo mediante el trabajo conjunto se puede salir del abismo. La inmensa respuesta solidaria del pueblo argentino hacia quienes lo han perdido todo es una muestra contundente de que, paradójicamente, no todo está perdido. Ojalá los dirigentes nacionales y provinciales comprendan que, ante situaciones de esta magnitud, no se trata de optar por más o menos Estado, ni de derechas o izquierdas. Cuando la naturaleza golpea con esta brutalidad, el barro de la disputa política no puede sumarse al que ya lastima y humilla la dignidad de cientos de miles de personas que sufrieron el desastre en carne propia.