Historias
“La adicción es una muerte que se paga en cuotas”
Ezequiel Pieroni, que vivió 12 años en el infierno de la adicción, comparte su historia de lucha y redención. Desde su primer consumo de cocaína a los 18 hasta tocar fondo en medio de la desesperación, encontró una nueva oportunidad. Hoy, limpio y con un propósito renovado, busca inspirar a quienes enfrentan situaciones similares.
Por Santiago Cubría | LVSJ
Ezequiel Pieroni (31) vive en la ciudad de Frontera y su historia es un testimonio de lucha, caída y redención. A los 18 años, motivado por la curiosidad y las presiones sociales, inició un camino de consumo de sustancias que lo llevó a un espiral de adicción durante 12 años. Este recorrido estuvo marcado por pérdidas personales, aislamiento y la dolorosa experiencia de tocar fondo. Sin embargo, su decisión de buscar ayuda, internarse y transformar su vida le permitió encontrar una nueva oportunidad, no solo para recuperar vínculos rotos, sino también para construir un presente lleno de esperanza y propósito.
Ezequiel dialogó con LA VOZ DE SAN JUSTO y compartió su historia con el objetivo de inspirar a quienes enfrentan situaciones similares y demostrar que el cambio es posible con voluntad y apoyo.
- ¿A qué edad empezaste a consumir?
Empecé a consumir a los 18 años. En ese momento estaba rodeado de amistades que ya lo hacían, y sentía que era "el careta del grupo". Probé marihuana por primera vez en ese contexto social, aunque al principio fue algo esporádico, poco a poco se volvió algo más frecuente. Más adelante, y casi sin darme cuenta, pasé a consumir cocaína. Esto marcó el inicio de una etapa muy oscura en mi vida, una etapa que comenzó como una simple curiosidad y terminó llevándome a situaciones muy difíciles.
- ¿Te acordás de aquella primera vez con la cocaína?
Sí, lo recuerdo claramente. Fue en una época de fiesta, una noche como tantas otras en la que mis amigos y yo nos juntábamos para hacer la famosa previa antes de salir al boliche. Todos estaban consumiendo cocaína y, aunque yo solía evitarlo, esa noche decidí probarla. Sabía que estaba mal pero me dejé llevar por la curiosidad y la presión del momento. Fue una experiencia intensa, llena de sensaciones nuevas que, aunque en ese instante parecían agradables, más tarde se convirtieron en una carga. Esa primera vez marcó un antes y un después, porque de ahí en adelante se abrió una puerta que no supe cerrar.
- ¿Se te hizo difícil aceptar que estabas enfermo?
Sí, me costó muchos años aceptar que tenía un problema. Durante 12 años consumí marihuana a diario y cocaína los fines de semana. Me engañaba pensando que lo tenía bajo control, pero la realidad era distinta. La adicción me llevó a perder amistades, trabajo, y a aislarme de mi familia. Fue un proceso largo y doloroso darme cuenta de que estaba enfermo. Aceptar esto significó reconocer que necesitaba ayuda, pero también enfrentarme al miedo y la vergüenza que sentía.
Entras en un infierno…
La adicción fue un infierno para mí. Era un lugar oscuro y solitario donde me sentía atrapado, sin salida. La cocaína me daba placer momentáneo, pero también destruía mi autoestima y mi calidad de vida. Ese infierno me hizo perder el control sobre mi vida, y aunque quería salir, me engañaba constantemente diciéndome que sería "la última vez". Pero siempre había una próxima vez, y con cada repetición me hundía más.
- ¿Cómo describirías a ese infierno?
Ese infierno es solitario, oscuro y cruel. Cuando me encontraba en ese lugar, entendí lo que la cocaína hace en nosotros. Al consumirla, te da un placer inmediato, una sensación que engancha porque te eleva y llena de dopamina. Por eso muchos la consumen: porque, al principio, les gusta y les da placer. En mi caso, me gustaba mucho, pero también entendí que esa búsqueda de placer era una trampa. A veces te encontrás en una vida tan mediocre o vacía que usás la cocaína para elevar tu autoestima. Sin embargo, ese "alivio" es momentáneo y termina convirtiéndose en un infierno. Es un círculo vicioso, solitario y cruel, que te consume y te aísla cada vez más. Para mí, esas pocas palabras de lo que viví: un infierno oscuro y solitario.
- ¿Recordás cuál fue el momento en el que tocaste fondo y qué te hizo decidir que no podías seguir viviendo así, que necesitabas cambiar y empezar una nueva vida?
El clic llegó después de dos intentos de suicidio. Estaba en un momento muy bajo, consumiendo de todo: cocaína, marihuana, alcohol y pastillas. Me sentía perdido y sin esperanza, pero un día, en medio de esa desesperación, vi una foto de mi hijo y pedí ayuda a Dios. Esto me llevó a una célula de iglesia llamada Adulán, donde encontré personas que compartían mis luchas. Allí entendí que no podía hacerlo solo y que necesitaba tomar decisiones radicales para cambiar mi vida. Fue difícil, pero ese fue el comienzo de mi recuperación.
- ¿Cómo fue contarles a tus padres o a tu mujer, y a tu hijo?
Cuando consumía, vivía en un constante estado de negación. Era difícil enfrentarme a mi realidad y aún más difícil contarles a mis seres queridos lo que estaba pasando. Recuerdo un día, después de un fin de semana consumiendo, que me armé de valor para hablar con mi madre. Fue doloroso admitir que era un adicto, pero también fue liberador. Fue el primer paso para pedir ayuda y comenzar a cambiar.
- ¿Qué recuperaste con tu “liberación”?
Recuperé muchas cosas, más de lo que podría haber imaginado. Recuperé mi salud física y mental, mi dignidad y la confianza de mis seres queridos. También formé una nueva familia con mi esposa actual, con quien tengo una hija maravillosa. Además, he encontrado un propósito en ayudar a otros que están en situaciones similares a la que yo viví. Mi vida cambió completamente y hoy valoro cosas que antes daba por sentadas.
- ¿Qué es la adicción para vos?
Para mí, la adicción es una muerte que se paga en cuotas. Es un proceso destructivo que consume no solo tu cuerpo, sino también tu espíritu. En mi caso, la adicción me convirtió en un "cadáver caminando", alguien que estaba vivo físicamente pero muerto emocional y espiritualmente. Es una lucha constante, pero también creo que es posible salir de ella con la ayuda adecuada y la voluntad de cambiar.
- Hoy estás “limpio”, ¿te seguís haciendo controles o cómo es tu vida diaria?
Sí, estoy limpio, pero sé que mantenerme así requiere esfuerzo diario. Sigo involucrado en actividades que fortalecen mi espíritu, asisto a grupos de apoyo y a la vez colaboró en centros de rehabilitación “Iglesia Nueva Vida” en conjunto del pastor Gerardo Feraze de San Francisco y la Asociación Civil Adulam. Me cuido mucho de no ponerme en situaciones de riesgo y me rodeo de personas que me apoyan y entienden mi proceso. Es un trabajo constante, pero vale la pena.
- ¿Se te hizo difícil no volver a juntarte con ellos, que te toquen la puerta y no atenderlos o mandar a alguien y que diga que no estás?
Fue muy difícil. Tuve que aprender a decir "no" y a priorizar mi bienestar. Durante un año completo evité reuniones sociales y me alejé de personas que podían poner en peligro mi recuperación. No fue fácil, porque algunos eran amigos de años, pero entendí que mi salud y mi vida eran más importantes.
¿Qué le dirías hoy en día a los padres, a las madres, que tienen a sus hijos o hijas, o un familiar, que está en esta situación de consumo problmático?
Les diría que nunca pierdan la esperanza y que busquen ayuda, que la tormenta pasa. Entiendo que puede ser desesperante ver a un ser querido en esa situación, pero el cambio es posible. Lo más importante es que esa persona quiera salir de la adicción, porque nadie puede obligarla. Con amor, paciencia y apoyo, se puede lograr. Hay una salida, y no es fácil, pero si se puede.
- Me contabas que tenías hoy en día un negocio. ¿Cómo arrancaste?
Cuando salí del centro de rehabilitación, empecé desde cero. Mi esposa, Verónica, ya tenía un negocio pequeño, y juntos trabajamos para hacerlo crecer. Fue un proceso de mucho esfuerzo y dedicación, pero también fue una manera de reconstruir mi vida y demostrarme que podía lograr cosas positivas.
- ¿Cómo llegaron a esta casa?
La llegada a esta casa marcó un cambio importante en mi vida. Mi esposa compró la casa en un momento en el que yo estaba tocando fondo. Tener que mudarme y dejar atrás el entorno tóxico en el que vivía me obligó a replantearme muchas cosas. Fue una bendición disfrazada que me ayudó a dar el paso hacia mi recuperación.
- Además de tener un negocio, ¿estas estudiando?
Ahora estoy estudiando la carrera de asistente en rehabilitación de adicciones en la Universidad Fasta. Esto me está ayudando a entender el problema desde una perspectiva más profesional y desde la medicina. Como asistente, trabajamos junto al profesional, que es el médico, para ayudar a los pacientes. Cada paciente es único, porque cada persona piensa y razona de manera distinta. Por eso, es importante dialogar con ellos, identificar qué les pasa y trabajar en las emociones que subyacen al consumo: qué sienten cuando están felices, enojados o con doble ánimo.
Hoy entiendo que no solo se trata de la sustancia, sino de las "caretas" o capas que cada persona usa para ocultar sus problemas. Trabajar en esas capas es clave para empezar a sanar y superar la adicción.
- ¿Qué mensaje querés dejarle a toda persona que está pidiendo ayuda y no sabe cómo encontrarla?
El mensaje que quiero dejar es que siempre hay una salida. La adicción no tiene que ser el final de tu historia. Imagina una vida diferente, una vida mejor, y cree que es posible. Hay personas y organizaciones dispuestas a ayudarte, pero el primer paso siempre depende de vos. Pedí ayuda y no te rindas. Y para esas madres y padres que la pelean día a día, les digo que no bajen los brazos, que sí se pueda, que al final del túnel hay luz.