Básquet
Jóvenes del básquet: sueños más allá de las fronteras
En San Francisco, cuatro adolescentes tejen sus esperanzas entre entrenamientos, estudios y la distancia que los separa de sus hogares. Simón, Joaquín, Maximiliano y Mateo representan más que jugadores de básquet; son historias de sacrificio, resiliencia y pasión juvenil.
En las aulas de la Escuela Normal Superior Dr. Nicolás Avellaneda, cuatro adolescentes tejen sus sueños entre cuadernos y balones de básquet. Simón, Joaquín, Maximiliano y Mateo representan más que estudiantes; son navegantes de una travesía que va mucho más allá de las paredes del aula.
Su historia resuena con la de Franco Colapinto, el joven piloto argentino que a temprana edad emprendió su viaje hacia los circuitos europeos de Formula 1. Aunque los escenarios son diferentes - una cancha de básquet contra un circuito de carreras - los protagonistas comparten una geografía emocional idéntica: la valentía de partir, la nostalgia de lo dejado atrás, y la determinación de construir un futuro más allá de los límites conocidos.
Provienen de lugares diversos: Santa Fe, San Jorge, San José de Metán, Las Varillas. Sus edades oscilan entre los 16 y 18 años, pero comparten un sueño común: vivir de su pasión, ese impulso que los empuja más allá de sus límites territoriales.
Tres de ellos - Simón, Joaquín y Maximiliano - comparten una pensión del Club San Isidro, mientras Mateo reside en las instalaciones de El Ceibo. La convivencia se ha convertido en su nueva normalidad, un microcosmos de disciplina y camaradería que recuerda inevitablemente los primeros pasos de otros deportistas que dejaron su tierra.
"Capaz que no estamos mucho tiempo en la pensión", cuenta Simón, "porque entre la escuela y los entrenamientos estamos poco, pero cuando compartimos, nos llevamos bien". La rutina es intensa: se despiertan temprano, desayunan, asisten a la escuela, entrenan, y vuelven a su hogar provisional.
Distancia y coraje
La lejanía de sus familias marca profundamente su experiencia. Cada uno lleva la distancia de manera diferente, pero todos coinciden en un punto: el sacrificio es el precio de los sueños. Como Colapinto, que dejó Argentina siendo casi un niño para perseguir su pasión en los circuitos europeos, estos jóvenes basquetbolistas comprenden que el camino del éxito raramente se transita en terreno conocido.
Maximiliano resume ese sentimiento con transparencia: "Obviamente que se extraña llegar a casa y tener el plato de comida de mamá, despertar con los buenos días. Son detalles que se extrañan al estar lejos, más siendo tan jóvenes".
Las añoranzas son diversas: desde las empanadas salteñas de Maximiliano hasta los postres de Santa Fe que recuerda Simón. Cada detalle extrañado es un fragmento de identidad, un recordatorio de que partir no significa olvidar, sino transformar.
"Quiero vivir del básquet", repiten casi al unísono. Pero no es un sueño ingenuo. Comprenden que requiere disciplina, sacrificio y una mirada integral. Mateo lo define con madurez: "Vivo de lo que me gusta, tratando de mejorar todos los días, desarrollándome".
Más allá del deporte
San Francisco se ha convertido en más que un lugar de tránsito. Es un espacio de oportunidades, de contención. Valoran su tranquilidad, la amabilidad de su gente. "Las personas me han tratado muy bien", destaca Maximiliano.
Como Colapinto en sus primeros años en Europa, estos jóvenes aprenden que el verdadero viaje no está en el destino, sino en la transformación. Cada entrenamiento, cada día lejos de casa, es un paso en una travesía que va mucho más allá del básquet.
No son solo promesas deportivas. Son historias de coraje, de jóvenes que se animan a soñar más allá de sus límites geográficos, transformando la distancia en oportunidad. Como el piloto que cruzó océanos persiguiendo su pasión, estos cuatro adolescentes están escribiendo su propia geografía de esperanza, un mapa trazado con sudor, determinación y la audacia de la juventud.
Nostalgias, geografías del corazón
En el mosaico de la nostalgia, cada joven guarda un fragmento único de su tierra natal. Son retazos de memoria que hablan más allá de las palabras, pequeños universos que llevan consigo en cada entrenamiento, en cada momento lejos de casa.
Para Simón, Santa Fe es un universo de dulzura interrumpida. "Extraño los postres, la comida dulce que aquí no comemos mucho", confiesa. Su ciudad, reconocida por su tradición repostera, se condensa en un recuerdo de sabores: tartas, facturas, dulces que saben a infancia y a hogar. Cada bocado que evoca es un puente invisible entre su pasado y su presente, un hilo dulce que lo conecta con su origen.
Joaquín añora la libertad de San Jorge, un territorio donde el club eran espacio de encuentro y juventud. "Extraño ir al club con mis amigos", dice. Es un recuerdo que trasciende lo físico: representa momentos de complicidad, de risas sin compromiso, de esa libertad adolescente que ahora está condicionada por entrenamientos y disciplina.
Para Maximiliano, Salta es un territorio de sabores intensos. Las empanadas de su madre no son solo un alimento, son una marca de identidad. "Extraño una buena milanesa frita con papas", confiesa, y en esa frase se condensan los recuerdos familiares, los domingos de comida casera, los momentos previos a su gran aventura deportiva.
Mateo evoca algo más sutil: la limpieza familiar. "Extraño que mis padres mantengan la casa", dice. No es un capricho, es un reconocimiento del cuidado familiar, de esos gestos cotidianos que en la distancia adquieren un valor casi sagrado. Limpiar solo no es lo mismo que hacerlo acompañado, y en ese detalle se condensa toda la nostalgia de quien se ha aventurado lejos de casa.