Análisis
Hechos que hieren, verdades que cojean
La violencia observada en Buenos Aires el miércoles pasado es reflejo de un convulsionado y confuso tiempo. Los intentos de acomodar la realidad al relato tuvieron momentos de esplendor durante la semana. Pero ocultan una alarmante falta de representatividad que hiere a la democracia y aleja la posibilidad de llegar a la verdad.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
¿Es posible afirmar, con un mínimo de seriedad, que un adulto mayor puede llevar una vida digna con 350 mil pesos al mes? ¿Cómo no diferenciar entre el legítimo e histórico reclamo de los jubilados y el accionar violento de barrabravas que se autoproclaman defensores de la clase pasiva? ¿Podemos reducir a meras anécdotas las vergonzosas escenas de diputados nacionales intercambiando golpes o lanzándose agua en pleno recinto?
Resulta desconcertante que hechos tan lamentables sean interpretados de maneras tan opuestas por dirigentes y militantes de distintas facciones políticas. En una democracia, ¿es razonable justificar la violencia, defender excesos represivos, liberar de inmediato a los responsables del caos, exigir la caída del gobierno o denunciar sin pruebas un intento de golpe de Estado, todo bajo el prisma de sesgos de confirmación?
Los graves sucesos del pasado miércoles en Buenos Aires dejaron abiertas estas y muchas otras preguntas. El vandalismo en las calles, el espectáculo bochornoso en la Cámara de Diputados y las reacciones contradictorias evidencian que la política argentina sigue siendo un espejo roto, reflejando en cada fragmento una imagen distorsionada del país.
Jonathan Swift, el célebre autor irlandés, escribió en el siglo XVIII un ensayo que parece describir nuestra época: El arte de la mentira política. En él, advertía que “la falsedad vuela, y la verdad viene cojeando tras ella”. En política, decía, no importa tanto la verdad o la mentira, sino la conveniencia de lo que se dice, cuándo y ante quién.
En realidad, Swift anticipó la era de la posverdad, donde los relatos prevalecen sobre los hechos y lo que se siente o cree pesa más que lo que realmente ocurre. Los incidentes en Buenos Aires lo confirman: para algunos, un intento de golpe callejero; para otros, una protesta legítima reprimida con brutalidad. La polarización de miradas y sesgos impide responder con objetividad a las preguntas iniciales. Hoy, la política no debate verdades: escenifica relatos.
El discurso cínico busca ocultar una realidad que lleva tiempo instalada, pero que el miércoles quedó al desnudo: una alarmante crisis de representatividad. No hubo partidos políticos, movimientos sociales ni gremios liderando la protesta. En las calles, los barrabravas, históricos grupos de choque del sindicalismo y la política, haciendo lo que mejor hacen: sembrar el caos. En el Congreso, representantes que prometieron combatir “la casta” actuando como esos “dueños” mafiosos de tribunas futboleras. Mientras tanto, las redes sociales polarizan, deforman, blindan convicciones y cancelan.
Lo ocurrido es una advertencia más. No hay real democracia sin Estado, sin Justicia, sin instituciones fuertes, sin ejercicio responsable de la libertad de expresión, sin representantes legítimos y sin ciudadanos capaces de distinguir entre hechos y relatos, que puedan dejar de lado, aunque sea por un instante, el filtro cómodo de las propias creencias.
Hannah Arendt escribió en 1971 que “el engaño, la mentira deliberada y el embuste como medios para obtener objetivos políticos nos han acompañado siempre desde los comienzos de la historia. La verdad nunca ha figurado entre las virtudes políticas”. Mientras cada sector blinda su argumentación, la acomoda a su relato y especula sobre la tajada que podrá sacar de estos hechos que hieren, como tantas veces, la verdad, si llega, lo hará tarde. Y rengueando.